COLOFÓN
"El intruso" de Isabel Bono (Málaga, 1964) consta de 125 ejemplares, impresos en Sur, hoy Dardo, Alameda 31, de Málaga, terminándose de tirar el día 1 de abril de 1989.
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"El intruso" fue publicado en la Colección Plaza de la Marina nº14, Rafael Inglada Editor.
EL INTRUSO Quisiera que mi amor muriese y que lloviera sobre el cementerio y las callejas por las que camino llorando a aquella que creyó amarme. SAMUEL BECKETT CERRADO POR INVENTARIO Las mareas que no acaban no entorpecen el equilibrio: en cada una se fabrican sonidos diferentes que el silencio atesora. Y no duele estar callado porque hablamos la misma lengua que hace tanto aprendimos con trabajo. Infancia que regresa en cada ola con los lomos desgastados o con lágrimas del engaño fraternal por ser mayores. Entonces te acurrucas y sonríes sin remedio, añorando la belleza del flequillo sobre los ojos que tanto nos molestaba. INVITACIÓN AL VIAJE Todo es allá lujo y calma Orden, deleite y belleza. CH. BAUDELAIRE Huir de la jungla no es tan fácil, si al volver la vista te atrapa la cascada temida que nunca acabó de caer. Lamentarás la partida sin remedio. Es ahora verde el follaje más que nunca y el sol más dorado entre tus cabellos. Los sonidos intermitentes del tan-tan se prolongan inútilmente. Sabe dios que es duro no retroceder; mas no hay tiempo, y los lamentos se posponen hasta cruzado el puente. EL CALOR QUE VUELVE LOCOS A LOS HOMBRES La ciudad más templada hace que la costa me provoque y retenga con sus luces. Por más que me fijo los colores no coinciden, las piezas no encajan: el viento bandido borra las huellas. No puedo ver la otra orilla donde los labios eran limpias calles y el alcohol puro trámite. Pasear no simplifica las mañanas. No en vano el dolor satisface mis instintos más primarios. LA MADUREZ DE REPENTE La madurez de repente un día cualquiera. Con el tiempo justo para huir de los espejos. Te atrapa la mirada fija, el gesto breve, la cabeza alta; no queda más remedio que rendirse. La madurez de repente un día cualquiera, y ya somos intrusos en nuestros propios cuerpos. FIN DEL SUEÑO Por aquel entonces los veranos eran largos y los libros simulaban dormir por los rincones de la casa. El mar no era más azul, pero lo intentaba. Crecíamos sin querer, con la madurez fingida de aquellos besos y el silencio del jardín. Y todos sabíamos que volar cometas no era lo más divertido: no existía otro oficio. Mientras, como en otro mundo, Jaime limpiaba la ciudad de gatos y lagartijas.