Por San Marcos, lluvia en los charcos. Sé que el dicho no es así, pero me gusta pensar en charcos sólo de lluvia. Sea como sea el dicho no se cumplió y el sol nos ha devuelto a casa como si volviéramos de Cancún. No me gusta viajar sin algún amigo así que, después de sortearlo, visto con la camiseta oficial al erizo César y salimos de casa, los tres, uniformados y escuchando pasodobles. Al llegar a Jaén empiezan las amapolas y los estornudos. ¡Qué bueno es llevar siempre Mircol en el bolso!
Hemos quedado a las dos en la puerta del ayuntamiento de Beas, para llegar hasta allí cruzamos todo el pueblo con las maletas (el coche lo dejamos en el campo de fútbol habilitado como aparcamiento para las fiestas) y ya empiezan los comentarios cuando miran nuestras camisetas:
-Peña el gato, ¿peña el gato? ¿Pero eso no es un burro?
En el ayuntamiento no hay nadie, sólo un abuelo que nos cuenta que nació en el 22, que las fiestas las inventó Santa Teresa de Jesús (¿y si antes de matar a los toros los engalanamos y los soltamos ensogaos por el pueblo?), y que si puede correrá este año.
Caína, Pablo y Pateta aparecen al grito de "uoeee..." y nos encaminamos a casa Caína donde después de los saludos de rigor a esta maravillosa familia que nos acoge, pasamos directamente a dar cuenta de unas exquisitas chuletas a la brasa en la azotea. El espíritu sanmarquero nos invade. ¡Viva San Marcos!
La tía Fi decide pasar de la camiseta oficial y la cede a su hermana Mari. Mari nos insiste en que si no llevamos una escalera no vamos a ver nada. Será broma, pensamos. Pues no. La otra abuela tiene una casa frente a la explanada. Una casa empapelada hace 40 años, todo hay que decirlo, que volvería loco al mismísimo Almodóvar.
Alberto se queda con la abuela, que lo ha adoptado como médico y dice cogido de su brazo:
-Éste es el que me va a curar los ojos.
Los demás nos vamos a cotillear. Alrededor del patio hay habitaciones que quizá en algún momento sirvieron para guardar animales, y ahora custodian objetos ya inservibles: un secador de peluquería, muñecas sucias, vinilos de orquestas tirolesas, cuatro copas de madera tamaño persona, etc. La madre de Caína nos explica que se usaban en Corpus, atadas a las ventanas.
Cuando volvemos a la ventana a contárselo a Alberto, nos dice que él ha visto como un toro cogía a un abuelo delante de casa. El abuelo estaba muy quieto, dice y no entiende cómo después de ver lo que ha visto no se para la fiesta. Hay más cogidas. Empiezan las ambulancias y sale un toro hecho una furia, tanto, que se tuerce la pata delantera derecha. Torcida no, rota. Rota no, desgajada. A pesar de todo el toro sigue corriendo, persigue a los muchachos apoyado en el hueso de la pata. No puedo seguir mirando. El siguiente toro cae al río y todos piensan que se ha ahogado. A los pocos minutos se pone en pie y embiste, pero se ha roto una pata trasera. La fiesta sigue y los muchachos, por llamarlos de algún modo, siguen azuzándolo y tirando de la soga que lleva atada a los cuernos. No vengo más.
Nos acercamos al Central. Beber y olvidar, si es que puedo.
Las calles están "enjauladas" con troncos y siempre dudamos si estamos en la zona de embestidas o de espectadores. En un callejón encontramos a unos niñatos sentados en un sofá y Caína insiste en que nos retratemos con ellos. Uno es de Estepona y le pregunta si es la chiquilla de Doña Emila (maestra del pueblo). En otro callejón vemos al fondo un toro en el suelo. Alberto y Pateta se acercan. Al querer retratarlo, un chaval les dice que fotos no. O sea, que son conscientes de lo salvajes que son y no quieren pruebas. ¡Pues la hay! (véase foto al comienzo del texto). A la pregunta, ¿qué le ha pasado al toro, responde: "Que se ha esnuclao".
Yo venía a emborracharme, no a sufrir, así que nos vamos a comer torta de San Marcos y pipas a la terraza. Nadie pide siesta y Caína tiene antojo de pinchos. Las única peña abierta al público es "La barbacoa" (las demás, a pesar de ser un localucho con una madera sobre dos toneles, son privadas). ¡Qué hermosa decoración! ¡Jamones, ristras de chorizo y morcillas colgando del techo! ¡Cerveza para todos y viva San Marcos!, grita Pateta cada tres minutos. A pesar de la insistencia, pinchos no quedan. Tanto la decoración, como mirar a cada puerta y ver barrotes de madera, el efecto de la morcilla más rica que he probado en mi vida, las cervezas que ya se nos suben y saber que se está jugando el Málaga-Dépor (y en este antro no hay tele) crean un momento de irrealidad total, cuando decidimos que la tele no solo existe sino que está encendida, y ahí que cantamos los pases, protestamos los fuera de juego y hasta los goles mirando al techo como cinco anormales.
Pensamos que es el alcohol pero es el jipi de Beas emboscado en una capa que compró en Marruecos hace años. ¿Queréis ver la casa del jipi de Beas? Pues vamos, dice. Y vamos. Cuenta que la casa es la más antigua del pueblo, que él era un señorito y que de jipi nada, que es que la gente ve a alguien especial y le llama jipi por ignorancia. En el portal se acumulan cestos, botellas y porquerías que dice vender a los guiris. En la casa se acumulan los años, las latas vacías de cerveza, las colillas y todo lo inimaginable. Se llama Ángel, Angelito el jipi. Y ahora nos va a presentar al fantasma que vive dentro del piano, pero antes unas cervezas. Toca o aporrea el piano y de tanto golpe, claro, vibra unos segundos después de que aparte las manos del teclado. Ahí está el fantasma, dice.
Nos enseña la casa, mil habitaciones y ninguna habitable, ni la suya donde dice que duerme. Aunque su especialidad es dormir de pie en los arcenes con el dedo puesto, o de pie en una cabina cuando viajaba por el mundo con una tienda de campaña. Menos mal que no era jipi, pienso mientras orino en un cuarto de baño, para mi sorpresa, limpio.
Una voz femenina anuncia que sube alguien. La que grita es una mujer a la que dice tenerle alquilada una habitación (y la que limpia el cuarto de baño, deduzco), y lo que suben tres yonquis que si no lo son lo fueron o lo serán: una chica con la boca permanentemente entreabierta y los ojos sin expresión ni parpadeo, un greñudo silencioso y otro greñudo charlatán (bautizado por Alberto como "El Sánchez Dragó de Beas") que pretende abrir debate sobre las fiestas. Por mi parte nada que discutir: esta fiesta es una bestialidad. Lo dejo defendiendo la tradición de la fiesta y no consigo encontrar el cuarto de baño de antes. Me conformo con otro, ahora sí, mugriento donde el único atisbo de limpieza es una pastilla empaquetada de "Jabón lagarto".
Pateta se nos duerme. Pablo, que nunca toca nada, ha empezado a ordenar las colillas, ya nadie quiere decir ni escuchar nada. ¿Nos vamos a dormir? ¿Quién quiere churros? ¿Nos montamos en "Don sapo"? Las tres son correctas: compramos un cartucho de churros, nos comemos uno y Pateta se lleva el resto a la cama; las niñas nos montamos en "Don sapo" (cosa de la que nos arrepentiremos toda la vida); y después, con el estómago revuelto y el brazo lleno de cardenales, chocolate con churros para todos. Alberto canta el "Mimiyú". A las 06.00 suena la diana, esto es, una fanfarria demencial y todos los borrachos que aguantaron en pie, cantando y bailando "Paquito el chocolatero". Seguimos durmiendo.
Amanecemos sin agua. Puedo pasar sin tomar baños de espuma todo una vida, pero que nadie me pida que no me lave la cabeza cada 24 horas. De la pileta de la cochera sale agua helada. ¡Viva San Marcos!
Acompañamos a Pateta al coche y desayunamos por el camino. En el periódico dice que el abuelo que Alberto vio morir, no está muerto y no se teme por su vida (¿?). En la foto que ilustra las página de fiestas, se ve a Alberto en la ventana, reconocible por la camiseta amarilla y la gorra blanca. Después de despedir a Pateta (hemos decidido que hay que buscar fiestas menos salvajes para vernos a mitad de camino Málaga-Madrid), subimos al Convento de las Carmelitas. A destacar los souvenirs que venden de Santa Teresa de Jesús: una bellota plateada de tres centímetros con una foto dentro de la santa.
En la explanada los toros están cansados y tumbados en la arena. Los mozos ni los azuzan. Casi mejor, y así nos vamos a comer croquetas a casa Caína. La sobremesa se alarga en la cocinilla de la azotea. A esto se le llama "golismear", dice Caína y nos pone un anís. Continuamos golismeando en la mesa camilla de la casa de la abuela, comiendo torta y pipas, y viendo fotos de la familia. La mejor, una de la abuela con 40 años, sentada en una balanza tamaño natural donde "Jabón Lux" le hace entrega de un premio bajo el lema "Su familia en duros".
Por la noche las peñas han cerrado, sin toros no hay fiesta, así que recurrimos al tenderete de los pollos asados y por fin Caína puede comer pinchos. El Central sigue abierto, pedimos vinos y "suelas". Noto el alcohol porque empiezo a discutirlo todo, incluso algo tan elemental como que el mismo sentido del humor es lo que une a las personas y no la estatura. Qué mal beber tengo.
Las duchas en la pileta crean hábito y despejan de golpe. El desayuno lo dedicamos a exponer nuestro mejor momento. Alberto destaca el rato en "La barbacoa"; Caína (creo recordar) el sabor las morcillas; Pablo no sabe decidirse pero en cualquier caso uno al sol; yo me quedo con el rato al sol, con una mano agarrada a un barrote-tronco y la otra a una cerveza. A Pateta tengo que preguntarle.
Caína también tenía antojo de patatas con mayonesa en "Carrillo" y allí que nos vamos antes de despedir a Pablo: ¡exquisitas! Después de una ensalada con espárragos "Cojonudos" salimos hacia Úbeda. Ante tanta casa señorial, vuelvo a mi eterna lucha de convencer a los amigos de comprar una casa entre todos. Una casa para la vejez con zonas comunes y dormitorios privados. Una casa para no estar solos cuando nos sintamos solos y para estar solos cuando necesitemos intimidad. Me miran raro. Se animan un poco cuando les digo que podríamos contratar lindas enfermeras que nos cuidaran. No sé si algún día llegaré a convencerlos.
Abril, 2004.
