Hoy es el día de los veteranos y el cumpleaños de Kurt Vonnegut.
Va para cinco años que mi amigo Biguri me dijo que había leído un libro que le había entusiasmado: "Pájaro de celda". Casi todos sus entusiasmos los dejo en la bandeja de entrada de mi mailbox, en cuarentena, porque si yo exagero él más. Sus desproporciones son absolutas, rotundas y siempre para siempre. Creo que fue Camus quien dijo que el arte debe ser exagerado, pero que esa exageración debe ser continua. La exageración nunca es verdadera, pero también dijo que "Buscar lo verdadero no es buscar lo que es deseable". Nombro a Camus porque al leerlo por primera vez pensé que me había cambiado la vida. Si Daniel estuviera aquí me diría que me lo ha oído decir de casi todos los autores que he leído. Al parecer no tengo ningún problema a la hora de hacer continua mi exageración.
Pero estábamos hablando de Vonnegut.
Con Antonio Muñoz Quintana, ese poeta malagueño que tenía que haber nacido en la unión más soviética sólo por desordenarla, lo que más me gusta hacer es ir a librerías de segunda mano. No hay nadie como él que entienda que cuatro horas y media repasando con el índice balda tras balda sea ganarle tiempo al tiempo. La "Julian's Librería" señala en su sello y entre paréntesis: "(Desde 1966)". Yo tenía dos años y Vonnegut cuarenta y cuatro.
Detesto los libros de tapas duras, esto tengo que decirlo, por eso dudé si llevarme a casa por 450 pesetas "Madre noche". El libro, incluso, volvió en dos ocasiones a su balda antes de salir por la puerta y entrar en mi vida para cambiarla.
Bienvenidos a Madre noche, advierte en mayúsculas el prólogo y asegura que el autor volvió a nacer la noche del 13 de febrero de 1945 (fecha del absurdo bombardeo sobre Dresde), y entré.
Al igual que hay ciudades que son estados de ánimo, hay libros que son países enteros. Si Camus fue encontrar mi territorio, "Madre noche" fue encontrar mi país. Me enamoré perdidamente de Howard W. Campbell Jr., el hombre quieto en mitad de la calle que espera la orden de seguir caminando, venga de quien venga, venga de donde venga y le lleve adonde le lleve. Campbell Jr. tiene brazos, tiene piernas, tiene cielo, y está parado entre la gente esperando la flecha.
El viejo Vonnegut cuenta en el prólogo de "Pájaro de celda" que el 16 de noviembre de 1978 (yo estaba ese día en la cama con anginas) recibió una carta de un desconocido llamado John Figler. Éste le decía que había leído casi todo lo suyo y que estaba en condiciones de exponer la única idea que subyace en la obra de Vonnegut: "Puede fallar el amor, pero prevalecerá la cortesía". Al viejo le pareció acertadísimo, y admite que no tenía que haberse molestado en escribir varios libros ya que habría bastado con un telegrama de ocho palabras.
Nunca agradeceré lo suficiente a Iker Biguri que me presentara a Kurt Vonnegut, que hoy cumple ochenta y un años. Sigo, ya no todas sus máximas, sino las máximas de todos sus personajes, al pie de la letra. Eliot Rosewater, otro de los personajes del viejo Kurt y ante quien también caí rendida, tenía escrito a la entrada de su fundación las palabras: "Fundación Rosewater, ¿en qué podemos ayudarle?", y repartido en los doce escalones que llevaban a su despacho, doce versos de Blake. Cuatro de ellos dicen: ama/sin/ayuda/de nada. No creo que la vida merezca mejor resumen.
Hoy cumplo treinta y nueve años y un día, dulce condena para un pájaro de celda, y estoy quieta en mitad de un apartamento de cuarenta metros cuadrados esperando que cualquiera de mis dulces compañeros, que son estos personajes, me empuje y me lleve al lugar exacto desde donde volver a esperarlo todo.
El viejo Kurt me cambió la vida. No exagero. O sí.
Dios le bendiga, Mr. Vonnegut.
11 de noviembre del 2003.
